Poesía, poetas y poéticas

Porque la poesía, como la Diosa, desde el misterio adviene y al misterio va...








viernes, 5 de junio de 2009

José Emilio Pacheco, Premio Iberoamericano de poesía Reina Sofía 2008, convocado en Poéticas Generadoras


En las actividades de inicio del homenaje nacional a José Emilio Pacheco con motivo de su obra y del cumplimiento de sus 70 años, el autor lee uno de sus poemas en prosa, texto que, en este género, conformará un libro mayor de próxima publicación.

video

La lectura uvo lugar en el marco de la Cátedra Alfonso Reyes del Tecnológico de Monterrey, el 15 de abril de 2009.

José Emilio Pacheco, Premio Iberoamericano Reina Sofía 2008, autor convocado en Poéricas Genradoras, lee "Alta Traición"



En el contexto de la cátedra Alfonso Reyes, José Emilio lee "Altra traición", uno de sus poemas mayormente celebrados, citados y conocidos por sus lectores.


video

José Emilio Pacheco, Premio Iberoamericano de Poesía Reina Sofía, autor convocado en Poéticas Genradoras. Videos recientes


Lectura de poesía de José Emilio Pacheco durante el inicio de sus homenajes con motivo de sus 70 años, en el contexto de la Catedra alfonso Reyes organizada por el Tecnológico de Monterrey de Puebla, 15 de abril de 2009.

En este video el maestro lee uno de los poemas más queridos por sus lectores, Pompeya, después de varios intentos de lelerlo completo, sin sus acotaciones y correcciones en vivo. A su lado, Eduardo Langagne y Emmanuel Carballo, comparten la lectura y las irrupciones del propio Pacheco

video

Jose Emilio Pacheco, Premio Iberoamericano de Reina Sofía, autor invitado en Poéticas Generadoras. Refelxión sobre su obra



José Emilio Pacheco: la fábula del tiempo *
Jorge Fernández Granados






Ya desde mediados del siglo XX José Emilio Pacheco era considerado en su país una figura central de su generación. Su vasta obra, que abarca casi todos los géneros literarios, ha visto crecer en torno suyo un cuerpo crítico y de traducciones, pero sobre todo un público lector como pocas veces sucede en un autor vivo. No han faltado, tal vez precisamente por ello, severas observaciones también y juicios muy polarizados respecto a algunas de sus obras. Es en la poesía donde esta obra ha encontrado probablemente sus mayores alcances y suma en la actualidad una docena de libros.
Los dos primeros títulos que abrieron dicha obra poética, Los elementos de la noche (1963) y El reposo del fuego (1966) son impecables y finos ejercicios de un virtuoso. Poemas tempranamente maduros, dispuestos en series o meditaciones. Se podría decir que son elegías de un lúcido pesimismo. Su elegante labrado formal es paralelo a su temple clásico. En ellos la naturaleza y el tiempo vencen una y otra vez al apurado corazón y sus trabajos. Flota ahí una atmósfera crepuscular y una intemporal sabiduría. Ya desde estos libros aparecían ciertas constantes que serán reconocibles a lo largo de toda su obra: los ejemplos de la naturaleza (plantas y animales) como fuente de alegorías y lecciones, el tiempo y la destrucción, el drama testimonial de la conciencia. Asuntos centrales de una temática cuya universalidad y pulcritud la situaron inmediatamente en muy alta estima.
No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969) fue un autoexamen, giro de 180 grados que declaró al poeta y a su obra como subproductos de una fuerza mayor: la historia. Responder a la pregunta: ¿cuál es hoy el verdadero lugar de la poesía? con la franqueza necesaria y, al mismo tiempo, renovarla en ese replanteamiento, parece el derrotero que toma su obra poética a partir de entonces. Libro que parece formado de retazos y aforismos, de apuntes e instantáneas, No me preguntes cómo pasa el tiempo inaugura también un amplio ciclo, decisivo, que se prolongará en Irás y no volverás (1973), Islas a la deriva (1976), Desde entonces (1980) y Los trabajos del mar (1983).
El título de Irás y no volverás alude al lugar o país de los cuentos infantiles a donde se iba y de donde no se regresaba nunca. Ese lugar podría ser también esta segunda época de la poesía de Pacheco; la cual parece haber quemado las naves con su paraíso de pureza. Poner en evidencia el reverso, la imperfección, lo caducible del ejercicio poético no es aquí un mero desplante. Con la brevedad del apunte y la austeridad del testimonio, los poemas de este ciclo asumen una desnudez que, paradójicamente, los fortalece. Se trata de todo un examen ético del lenguaje literario. La declaración de principios está anunciada en un poema escrito hacia 1970 (“A quien pueda interesar”):

Otros hagan aún el gran poema,
los libros unitarios, las rotundas
obras que sean espejo de armonía.
A mí sólo me importa el testimonio
del momento inasible, las palabras
que dicta en su fluir el tiempo en vuelo.
La poesía anhelada es como un diario
en donde no hay proyecto ni medida

El tono conversacional de algunos poetas norteamericanos, la antipoesía de Nicanor Parra, el coloquialismo de Jaime Sabines y la crónica colectiva de Ernesto Cardenal o Enrique Lihn están más cerca de esta nueva voz de Pacheco, entre cuyos indudables méritos se cuentan la transparencia comunicativa, la exactitud, la ironía y la erudición revertida a la cotidianidad que hace de todas las venas literarias que lo alimentan una sola voz con capacidad a veces narrativa, a veces alegórica, a veces aforística; lenguaje extremamente cultivado que, sin embargo, produce la impresión de un habla llana.
Jardín de niños y Prosa de la calavera son, desde mi punto de vista, dos momentos culminantes de este ciclo; piezas que sintetizan con gran fuerza su perspectiva acerca de la condición humana y el irreversible paso del tiempo. A semejanza de aquellos montajes fílmicos que transitan en unos cuantos segundos por años enteros, Jardín de niños presenta una dramatización episódica en torno al nacimiento, la infancia y la progresiva pérdida de la inocencia. Prosa de la calavera, por su parte, es el estremecedor monólogo que susurra un cráneo, una danza macabra de la conciencia que atestigua desde la muerte la devastación del tiempo.
Un tercer ciclo se abre con Miro la tierra (1986). Este ciclo, que se prolonga hasta el presente, incluye los libros Ciudad de la memoria (1989), El silencio de la luna (1996), La arena errante (1999) y Siglo pasado (desenlace) (2000). En él la tematización sobre el mal de la historia, el recurrente drama humano y la nostalgia de lo perdido ocupan el centro de su atención. La crónica se funde con la poesía y la poesía se sincroniza con la historia. La idea del devenir como desintegración cede su sitio a la del devenir como gran teatro de alegorías que se reiteran o se multiplican de manera a veces grotesca. La historia, esa otra manera de llamar al tiempo, desfila envuelta con adjetivos de condena y horror en un tono a veces francamente apocalíptico. Pero no es un cambio cualitativo sino sólo cuantitativo de sus rasgos anteriores. Lo que se presentaba como un melancólico atisbo es ahora una fehaciente pesadilla; pues finalmente el mal de la historia no es otra cosa que el mal del tiempo.
Tanto en esta etapa como en la anterior el autor acude no pocas veces a un catálogo de asuntos y personajes —de pretextos podría decirse— en los que el género de la fábula se actualiza bajo un nuevo muestrario. Tal vez José Emilio Pacheco en esencia es un gran fabulista. En su poesía los objetos, las personas, las plantas y sobre todo los animales operan con frecuencia como ejemplos de reflexión ante la cual habrá una conclusión de conducta o moraleja. Así, asuntos del entorno doméstico o de la historia lejana son pie de una meditación moral. La utilización de máscaras o personajes que toman la palabra para emitir un juicio que remite a la sociedad humana en su conjunto es un recurso empleado por él en varias ocasiones y particularmente en los poemas de la serie Circo de noche. En estos poemas logra, con un duro humor negro que algo recuerda a las “Pinturas Negras” de Francisco de Goya o los dibujos de José Guadalupe Posada, una extrema parodia de la sociedad humana. El espejo de la historia nos devuelve una fábula negra.


2

El ajuste, pertinente y riguroso, que José Emilio Pacheco hace de sus poemas escritos desde la juventud es un proceso continuo con el paso de las ediciones. Piezas ya clásicas de la poesía del siglo veinte mexicano se ven sometidas a una revisión que las afina; e incluso, en algunos casos, a una extrema metamorfosis.
Tómese el ejemplo de una parte muy conocida del poema “De algún tiempo a esta parte”, incluido originalmente en el libro Los elementos de la noche. En la primera —o una de las primeras— versiones este poema decía:

III
En el último día del mundo —cuando ya no haya infierno, tiempo ni mañana— dirás su nombre incontaminado de cenizas, de perdones y miedo. Su nombre alto y purísimo, como ese roto instante que la trajo a tu lado.

En la edición de 1980 de Tarde o temprano —es decir en la primera de su obra poética reunida— el párrafo había sido reducido a la mitad y los números romanos cambiaron por arábigos:

3
En el último día del mundo dirás su nombre alto y purísimo como ese instante que la trajo a tu lado.

Ya para la edición de Los elementos de la noche en la editorial ERA, en 1983, el nombre no era “alto y purísimo” sino “simple y perfecto”:

3
En el último día del mundo dirás su nombre, simple y perfecto como ese instante que la trajo a tu lado.

Y en la más reciente versión, el poema se ha convertido en una sencilla sentencia:

3
En el último día del mundo dirás su nombre.

Como es posible observar, este poema más que ser corregido ha sido reescrito. La distancia que separa a la primera versión de la más reciente es casi tanta como la que producirían dos poetas distintos ante un mismo tema. Esta metamorfosis paulatina evidencia un diálogo y hasta una lucha entre el poeta joven y el poeta maduro. Hay dos formulaciones diferentes acerca de lo que resulta eficaz como expresión estética y aun dos concepciones de la poesía. El contraste entre la profusión y la concentración de elementos en las sucesivas versiones de este poema es casi la misma que se observa entre los primeros y los últimos libros de su obra.
En esta continua tarea de relectura y corrección parece haber un requerimiento estético y, más aún, uno de tipo ético. No se clausuran los poemas de José Emilio Pacheco en su primera versión: la fidelidad no es a un original —parece sugerirnos su autor—, sino al deber no culminado de la lectura y la escritura (o de la relectura y la reescritura). Estos poemas no tienen forma definitiva porque son un producto del tiempo y en el tiempo. No se conciben pues como fin sino como proceso permanente. Con esta práctica Pacheco reafirma una convicción que manifestó casi desde los inicios de su carrera literaria: la condición ante todo testimonial de su ejercicio poético y la inexistencia, por lo tanto, de un orden definitivo en él.
Sin embargo, no podemos pasar por alto que el problema de la testimonialidad del poema es relativo en este caso. La poesía mexicana ofrece dos polos a este respecto: José Gorostiza y Jaime Sabines. El primero podría ser el paradigma del poeta riguroso que concibe la obra como forma pura por alcanzar, ausente de un devenir que no sea el del propio proceso de su creación; y el segundo el del poeta testimonial por excelencia, aquel que ve en la escritura sólo un registro del momento presente. Uno corrigió toda la vida un gran poema y el otro nunca hizo una sola corrección de sus poemas publicados. José Emilio Pacheco se hallaría a medio camino de ambos. Trabaja con la convicción de que sus poemas son un simple testimonio del presente pero con el rigor del artista que corrige toda la vida una obra.
En mi opinión, el afinamiento que han experimentado sus libros es benéfico. Aunque para ciertos lectores el hallazgo de alguno de sus versos favoritos en las nuevas versiones sea desconcertante, para quien los lea hoy por primera vez le aguarda el descubrimiento de un poeta más claro, sobrio y certero.
Otro aspecto a resaltar en el conjunto de su obra poética es que propone un ciclo al parecer completo. Para esto hay que tener en cuenta que en este autor los recursos narrativos y periodísticos, lo mismo que el mito, la fábula y la alegoría, son estrategias literarias constantes, aun en su poesía. Sólo que en esta última se encuentran concentrados en células muy finas —por llamarlas así— y entretejidos bajo diversas formas reconocibles de la tradición (sonetos, octavas, haikus, poemas en prosa, etc.). No obstante, es insoslayable el ascendente narrativo de esta obra poética, sobre todo a partir del libro No me preguntes cómo pasa el tiempo.
El conjunto general o gran ciclo poético en doce capítulos que nos ofrece su obra poética hasta la fecha está relacionado con la evolución del concepto mismo de poesía a lo largo de toda una vida. Si Fernando Pessoa definió el sentido de sus heterónimos como un “drama en gente”, podríamos decir que Pacheco nos presenta en la suma de sus libros un “drama en géneros”. De este modo, el relato discute con el ensayo y la crónica se alía con la fábula, y todas hablan y convencen a la poesía. Por consiguiente, lo que discurre a través de estas páginas es también un gran cuestionamiento e indagación sobre el poeta y su oficio en la época contemporánea, así como sobre el pasado y el presente de este género.
Pocas obras presentan tal amplitud, tal variedad de abordajes del ejercicio poético. Desde el clasicismo y el elegante labrado formal de las elegías de Los elementos de la noche y El reposo del fuego hasta el dramatizado dibujo de alegorías de Miro la tierra, Ciudad de la memoria y El silencio de la luna, o el íntimo repaso de La arena errante y Siglo pasado, pasando por el gran momento de examen y reformulación de sus instrumentos poéticos que fue No me preguntes cómo pasa el tiempo y se prolonga en Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces y Los trabajos del mar, este complejo itinerario puede ser recorrido como un drama. Un drama cifrado en el que se debaten lealtades y traiciones, afinidades y distancias, entusiasmos y desengaños, en fin, los distintos momentos de un largo amor. En este caso el largo amor por la poesía. A decir verdad, un amor difícil.
En general, el espectador que observa a través de estas líneas el mundo lee un conjunto de alegorías que ilustran una condición esencial, trágicamente circular, de la condición humana; la cual parece no tener salvación ni superación posible, acaso sólo queda plasmar el testimonio con un contundente trazo que la contenga. Cada poema de Pacheco intenta ese trazo. En él hay una voz puntual y sombría. Unidades de observación que reducen cada vez más sus elementos, las piezas de los últimos libros pueden leerse también como breves anotaciones de una fina mente escrutadora.

¿Qué pensaría de mí si entrara en este momento
y me encontrara en donde estoy, como soy
aquel que fui a los veinte años?

Pregunta en Siglo pasado, el libro que cierra hasta el presente esta obra. Recapitulación y acaso despedida de una de las obras poéticas más altas de la literatura mexicana, estos últimos poemas conmueven por su introspección y la sosegada agudeza de su tono. Piezas breves, aforísticas, que parecen cantos rodados por el tiempo y la conciencia. Aquella voz, que ha recorrido todos los registros y ha entregado realizaciones memorables en cada uno, se ha aquietado como el agua e igual que ella es ya sencillamente clara. La Historia, como una indispensable turbulencia parece dejada si no atrás por lo menos a un lado durante unos instantes para reunir un hilo de cuentas íntimas. Y desde su imbatible pesimismo le dice a esa aparición de veinte años que lo mira desde la puerta:

Fracasé. Fue mi culpa. Lo reconozco.
Pero en manera alguna perdón o indulgencia:
Eso me pasa por intentar lo imposible.

El tiempo, por último, está del lado de un autor como José Emilio Pacheco. En el tiempo —su fiel tema de temas— ha encontrado una y otra vez la fuente y la expresión, ya decantada, de su propia escritura. Las sumas y restas, las cimas y los valles de su oficio entregan un saldo no sólo favorable sino contundente de la hondura de un trabajo realizado a lo largo de casi medio siglo.


______________________________
* Prólogo del libro La fábula del tiempo, antología de la obra poética de José Emilio Pacheco, publicada en coedición por Ediciones Era (México), Lom (Chile), Trilce (Uruguay) y Txalaparta (España)

William Ospina, Premio Rómulo Gallegos 2009


Lectura de William Ospina de su poema "Lope de Aguirre", durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2007, que tuvo como país invitado a Colombia.



video

LOPE DE AGUIRRE


William Ospina (Padua, Colombia, 1954)

Yo vine a la conquista de la selva, y la selva me ha conquistado.
Aparto con las manos los enormes ramajes,
Miro a solas las encendidas flores con forma de pájaros,
La extrema contorsión de la serpiente herida
Que las nubes parecen reflejar en el cielo.

Nada es piedad aquí, nada es dulzura.
¿Si son crueles los monjes en los penumbrosos claustros de España,
Si son degolladores los reyes y envenenadoras las reinas
En sus artísticos salones llenos de lienzos y de lámparas,
Si son perversos los obispos y lascivos los papas
En la nube de mármol de sus tronos romanos,
Si son despiadados los clérigos, que leyeron a Homero y a Séneca,
Si son salvajes los capitanes que comen la carne cocida,
Salpicada de jerez y de orégano,
Si bajo Europa entera aúllan las mazmorras,
Cómo puedo ser manso en estas tierras,
Ceñido por las selvas impracticables,
Lejos de esos palacios tapizados por la letra y la música?


He decidido ser un tigre.
La selva invade el alma como un vino.
Aquí no hay bien ni mal sino el zarpazo,
La rauda flecha del halcón hacia la comadreja de aguas,
El estupor del conejo salvaje ante el bostezo de la enorme serpiente,
El salto de la hormiga roja escapando un instante de las fauces de la salamandra,
La innumerable y cíclica y recíproca voracidad
De la gran selva de oscuros dioses que se alimenta de sí misma como un dragón de fiebre.

El rey está muy lejos, gobernando sus yermos de Castilla,
Sus puertos que miran al África, sus chambelanes obsequiosos,
Sus espejos prietos de cortesanos, sus olivares retorcidos como doctrinas,
Su orgullo salpicado de galeones, sus panoplias marchitas (en cada daga sangre de un viejo amigo)
Y la tierra gime de leones españoles desde el río Sacramento hasta los arrozales de Manila,
Desde las charcas fétidas del infierno hasta las últimas plumas de los ángeles.
El rey es rey del mundo, pero la selva es mía,
Y ese ojeroso príncipe de piel de cera y manos puntiagudas
No podría avanzar con sus tacones de nácar por estos riscos de tristeza
Donde la carne pierde toda esperanza;
No podría aventar con sus abanicos de pavo real
En los húmedos aires a estos mosquitos rojos que prodigan la fiebre,
No hundiría jamás sus tobillos lechosos
En los pantanos infestados de dientes.

Déjame a mí el palacio de estos atardeceres de tormento que se parecen a mi alma,
Donde bestiales tropas me adoran de miedo,
Donde debo mirarlos como un buitre para que no me maten,
Donde los últimos ángeles de mi infancia se descomponen en las ciénagas tibias,
Donde los hombres solos, desprendidos del barco de los siglos, aprender a ser crueles,
A combatir el cielo a dentelladas, a recelar en el amor la emboscada.

Selva monumental, aire de flechas súbitas,
Humaredas que traen olor de extrañas carnes,
Ancianos indios extasiados de ojos amarillos
Que miran como reyes o santos las vacías regiones del cielo;
Y diente de jaguar para la suerte,
Y montones de rojas semillas maceradas que me harán fértil,
Y los senos oscuros que penden como frutos,
Y la rana que se hunde en su reflejo, y bóvedas de frondas meciéndose en el agua.

Descendemos gritando por los ríos violentos en barcazas pesadas de odio;
Sé que al darles la espalda, estos hombres me miran como perros,
Sé que estoy afilando el cuchillo que pasarán por mi garganta.

Hemos dejado un rastro de cadáveres desde las sierras de Mérida,
Por los llanos resecos, por las enloquecidas serranías,
Un rastro de caseríos en llamas, alaridos de madres ya sin destino,
Rostros atónitos debajo del agua que un remo empuja hacia el fondo,
Pero qué puedo hacer si la selva me ha trastornado,
Me reveló las bestias que habitaban mi carne,
Si sólo sé mandar y codiciar todo lo que pueda ser mío
Y aquí cada ramaje se opone a mis designios;
Qué puedo hacer sino amasar el oro de estos pueblos brutales,
Y ser el rey de sangre de estas tardes de lástima,
Y poner al tucán de pico extravagante sobre mi hombro,
Y coronar de flores como incendios mi cabeza aturdida,
Y declarar la guerra a las escuadras imperiales que cubren los océanos,
Con esta voz que grita en la selva y que jamás los alcanza,
Y ser el rey de ultrajes